Diego Arria: «El exilio es la peor pena, una ausencia permanente»

Diego Arria: «El exilio es la peor pena, una ausencia permanente»

Diego Arria | Foto Jeosm

 

Diego Arria (Caracas, 1938) es el autor de los libros Venezuela: la hora de la verdad (Cyngular, 2012) y Guerra y terrorismo en el corazón de Europa (Ediciones EJV International, 2022). Fue presidente del Consejo de Seguridad de la ONU. La fórmula que lleva su nombre permite a los miembros del citado organismo, según la propia web de Naciones Unidas, “cambiar impresiones de manera franca y confidencial” con personas a las que “resultaría interesante escuchar o a quienes podrían desear transmitir un mensaje”. Ahí amplió su mirada, repensó el significado de lo importante y aprendió que, en este loco mundo, el interés pesa más que la solidaridad.

Por Jesús Fernández Úbeda en Zenda





Se ahorra los rodeos en Zenda: “Nunca vi a nadie apesadumbrado cuando mataban en Ruanda, en Somalia o en Yugoslavia. No, nunca vi a gente angustiada”.

Arria estudió Economía y Ciencias Políticas en la Universidad de Michigan, pringó en el Banco Interamericano de Desarrollo en Washington, fue Gobernador de Caracas, ministro de Información y Turismo, embajador de Venezuela ante la ONU, consejero de Kofi Annan… Su etcétera es largo. Denunció a Hugo Chávez ante la Corte Penal Internacional en 2011; éste se la devolvió de inmediato birlándole/expropiándole dos fincas, “La Carolina” y “Los Azahares”, y empujándole al exilio, “la peor pena que le pueden imponer a uno”. Entrevistamos al diplomático en su casa de Madrid, un piso con vocación de museo de arte contemporáneo, a pocos pasos del Retiro.

Señor Arria, entre el mito del buen salvaje y el Homo homini lupus, ¿con qué se queda?

—Con el buen salvaje. Lo conozco mejor. Creo que, al final, se puede intentar manejarlo, cambiarlo; al otro, no.

—¿La guerra es la madre de todas las cosas?

—No de todas, pero sí de grandes cosas, de cosas muy importantes. Colateral a la guerra es el desarrollo de las tecnologías. Los grandes países, para defenderse o para atacar, han desarrollado tecnologías que no sólo han servido en el campo militar. Por ejemplo, la nanotecnología que utilizaban en los satélites ha servido para las clínicas.

—¿Qué aprendió del ser humano presidiendo el Consejo de Seguridad de la ONU?

—La falta de solidaridad. Imaginaba que la solidaridad era algo automático en el ser humano. Y no lo es, para nada. La solidaridad está en función de los intereses. Sobre todo, de los grandes países, que son los que tienen más fuerza para tomar decisiones. La falta de solidaridad ante las tragedias que viví o vi, la falta de solidaridad ante una situación de desesperación o angustia… Nunca vi a nadie apesadumbrado cuando mataban en Ruanda, en Somalia o en Yugoslavia. No, nunca vi a gente angustiada.

—¿Y qué aprendió de sí mismo?

—Comencé a ver los problemas con una perspectiva muy distinta. Venía de ser gobernador de Caracas. Los problemas de las ciudades son serios, pero no tan serios como cuando tú te sientas y ves que están matando a 400.000 personas en Ruanda o a 200.000 en Bosnia. O en Nagorno Karabaj. O en Somalia. La visión que uno tiene del mundo crece de una manera extraordinaria. Se empequeñece lo que uno pensaba que era importante. Y esa nueva dimensión pasa a ser lo más trascendente, lo más importante. En el fondo, te conforma y te prepara para ver el mundo de una manera diferente.

—Si yo le digo Ucrania vs. Rusia, usted me dice…

—Una barbaridad. En el fondo, lo más grave es que, en 2014, cuando Rusia invadió Crimea, la reacción del mundo fue muy tibia. Incluso, pocos meses después, en Rusia se celebraron los Juegos de Invierno Olímpicos. Lo que pasó ahora estaba avisado. Putin le tomó la temperatura a la comunidad internacional, vio que no hizo nada y, por ello, parte de culpa la tiene Occidente. Sobre todo, los países europeos: Rusia y Ucrania están en Europa, no en América del Norte. Europa ha estado mucho tiempo dependiendo de lo que hagan o no los norteamericanos. Creo que eso, en cierta medida, debilitó la acción europea. Ahora, con el tema de Ucrania, los europeos han levantado la mirada y están afianzando su rol en el mundo. (Piensa) Los ucranianos están poniendo la sangre; el resto del mundo, dinero, armas y tal. Pero quien pone la sangre para detener algo que puede tener consecuencias gravísimas para la Humanidad es el pueblo ucraniano. El mérito es de los ucranianos.

—Y si le digo Israel vs. Palestina…

—Confieso tener una gran admiración por el pueblo israelí; no necesariamente por sus gobiernos. Tuve la oportunidad de conocer a Shimon Peres, al que tenía un gran respeto. El mundo tiene una memoria corta para ciertas cosas y muy larga para otras. Nunca vi, por ejemplo, con Sadam Huseín, en las calles de París o de Madrid a la gente protestando cuando mataban a los kurdos. Ni cuando lo de Ruanda: no vi a la gente protestando contra los hutus. Anoche, casualmente, vi Hiroshima mon amour. Ahí murieron 200.000 personas y cientos de miles fueron afectadas. El mundo no marchó protestando contra eso. Quizá, la operación más monumental de destrucción de una ciudad en la cual no había un solo cuartel. Todos eran civiles. Y creo que la opinión pública internacional siempre está en contra de Israel. Ha sido siempre, y no sé por qué, objeto de la crítica, de la sanción, de la condena. Echando la vista atrás, habría que revisar la actuación de Reino Unido o de Francia cuando se comenzó la división de esa área de Palestina, y no la de los judíos. Y, hoy en día, la gente se ha olvidado de lo que ocurrió el 7 de octubre, de que mataran a tantos padres, ancianos y niños. Eso está superado por los bombardeos en Gaza. Y yo lo entiendo. La opinión pública está en contra de Israel. Se va a convertir en el contraholocausto de los israelitas.

—¿Defenderse tiene mala prensa?

—La verdad no suele ser suficiente. Por ejemplo: si los israelitas no sacan una película de lo que hicieron el 7 de octubre, si no lo sacan en color, nadie los va a creer. Pensarán que son unos criminales, como ha dicho alguno: Sudáfrica ha llevado a Israel a la Corte Internacional de Justicia.

—¿Qué opina del buenismo?

—Rechazo completamente esa filosofía o esa manera de ser. Refleja la falta de conocimiento y la falta de solidaridad. En el fondo, a ningún país le interesa lo que está pasando en otro país. Tú agarras a una persona ahora y le preguntas qué está pasando en Somalia, y la gente no tiene idea ni le interesa. ¿Por qué? Porque todos los países tienen sus propios problemas y, al final, hemos sido educados dentro de nuestras fronteras. Curiosamente, yo noto ahora en los jóvenes, en general, que ven el mundo de otra manera, que ven que hay otras dimensiones. Porque se han tenido que ir a estudiar o a trabajar, porque tienen familiares fuera… Esos fenómenos han cambiado la visión. Volviendo al buenismo: es terrible. Indica una ignorancia tremenda y, segundo, una complicidad con cualquier acto malo.

—¿El buenista es cómplice?

—Es el principal cómplice, el que facilita las acciones que ellos están calificando de buenas y que tienen consecuencias muy malas. Son los principales cómplices. Y cuando se adornan de una capa aparentemente virtuosa, santificada, son aún más peligrosos y más cómplices.

—¿Occidente es cómplice del chavismo?

—Sí. Mientras nosotros tuvimos democracia en Venezuela, no hubo un solo país de América Latina al que no hubiéramos ayudado con el rescate de sus libertades o la defensa de sus derechos. Ni en el Caribe ni en América Latina. Sin embargo, cuando perdimos nuestra libertad, nadie levantó un dedo por nosotros. Fuimos víctimas de la complicidad internacional, comprada con barrilazos de petróleo del señor Chávez. Compraba votos, países, presidentes.

—Chávez le expropió dos fincas acusándole de “viejo oligarca y ladrón”.

—No me las expropió: las invadieron, las saquearon y se quedaron con ellas. Nunca me procesaron porque no tenían los elementos. Eso tiene un antecedente: denuncié a Chávez ante la Corte Penal Internacional en la época en la que nadie se metía con él.

—En 2011.

—Sí. El 22 de noviembre, creo. El 24 estaba de regreso en Venezuela y di una rueda de prensa. Al poco tiempo, es cuando invade mi finca.

—Señor Arria, ¿a qué sabe el exilio?

—Estaba en República Dominicana, donde tengo una casa, pasando unas dos semanas. La tarde que regresaba a Caracas, el Gobierno filtró la noticia de que había una orden de arresto contra mí. ¿Por qué lo filtraron? Agarrarme a mí en Caracas era un escándalo internacional. Evidentemente, yo no iba a ir para que me apresaran, y eso fue lo que pasó. Va a hacer diez años de eso. Es la peor pena que le pueden imponer a uno. El exilio es una ausencia permanente. Te sientes ausente permanentemente. Yo estoy aquí, pero estoy siempre en Venezuela. Es la ausencia, la prohibición de algo que te es esencial y se te niega. Es más doloroso de lo que la gente se imagina. Tengo un auténtico amor por mi país y un auténtico amor por mi gente. Nunca me voy a desvincular o a desligar de ellos. Yo tenía cartas de Bolívar en la biblioteca de mi finca, y dije: “El día que saque algo, significará que me estoy rindiendo”. No llegué a sacar nada. Y, por supuesto, me las quitaron.

—¿Se ve pisando, nuevamente, suelo venezolano?

—Todo el tiempo pienso que lo voy a pisar. Fíjate: mi hacienda era como Venezuela. Era una finca modelo, la universidad la utilizaba como centro de experimentación, yo estaba orgulloso de eso… Venezuela, en muchos ámbitos, también era un país modelo. Estos, al igual que han destrozado mi finca, han destrozado al país. Pero no he perdido la esperanza.

—Usted fue testigo en el juicio de Milosevic.

—Fui el único testigo político contra Milosevic.

—¿Y ve a Nicolás Maduro en el banquillo? ¿Ve a Nicolás Maduro en el trullo?

—No, no lo veo. Cuando lo de Milosevic, todavía los rusos no objetaban la creación del Tribunal Penal para Yugoslavia. Si nosotros nos hubiéramos demorado seis meses para crear ese tribunal, Milosevic estaría paseando por Madrid. Nadie habría juzgado a esos criminales. La conformación de la comunidad internacional haría imposible juzgar a Maduro: cuando tienes a China y a Rusia, que están en el Consejo de Seguridad, que son las que manejan, al final, este tipo de acciones, no hay manera de llevarlo. Al mismo tiempo, ves que EEUU le ponen una recompensa de 15 millones de dólares y luego negocian con él, te das cuenta de que ni siquiera los aliados más grandes que tendríamos nosotros están dispuestos a ejecutar, de alguna manera, algo que pueda perjudicar a Maduro.

—Vamos acabando, señor Arria. ¿De qué previene la lectura, si es que previene de algo?

—Los libros de Historia no te enseñan el futuro, pero te enseñan experiencia. Son, para mí, una contribución muy grande. Una vez, un profesor de Oxford me decía: “El problema de ustedes, los latinoamericanos, es que no conocen su Historia”. Y, en gran medida, tienen razón.

—También nos pasa a los españoles.

—La leyenda negra, que tanto daño hizo a España, la promovieron los propios españoles. Es algo trágico.

—¿Ha encontrado alguna verdad fundamental en los libros?

—La lectura contribuye a hacer un magnífico cóctel de experiencias, de conocimientos, etcétera. No lo da sólo un libro: el Martini se hace mezclando vodka o ginebra con vermú.

—Y, finalmente: ¿un hombre que lee es mejor que uno que no lo hace?

—No te diría que es mejor o peor, pero sí muy diferente. Me apena el que no lee, se pierde cosas extraordinarias, pero como no lo sabe, no le afecta