León Sarcos: La belleza está rota

Tenían razón las brujas de Macbeth, que en el primer acto gritan: Lo bello es feo y lo feo es bello. La belleza está rota, la belleza está enferma, nadie puede atenderla ni cuidarla, porque vivimos tiempos de encrucijada civilizatoria, de cambios de paradigmas, como dijera Confucio, en que la nada pretende ser algo, y lo vacío pretende estar lleno.

La belleza está rota porque su esencia, su significado, se ha desparramado indiscriminadamente a otros usos que no son los que califican la exigencia y la excelencia de los asuntos donde se manifiesta el ser humano, la naturaleza y el arte.

Un profesor de psicología le ha dicho, con mucha arrogancia, a uno de los hijos de las nuevas tecnologías, que le pidió su concepto de belleza en una clase de historia del arte: simplemente es la cualidad de satisfacer el sentido de la vista. Una respuesta para dejarnos estupefactos, pero a la medida del reino de las imágenes.

La historia de la belleza

Kalon, en griego, según Humberto Eco, puede traducirse por bello y ese es el sentido que daban los griegos para expresar la magnificencia en el arte. Kalon no es solo lo que gusta, sino lo que suscita admiración y atrae la mirada en virtud de que su forma satisface los sentidos, especialmente la vista y el oído, siempre y cuando cumpla con los requisitos estéticos que requería la obra. 

Pero no son solo los aspectos perceptibles los que expresan la belleza del objeto; en el caso del cuerpo humano también desempeñan un papel importante las cualidades del alma y de carácter, que son percibidos con los ojos de la mente más que con el cuerpo. 

Difiero del maestro Eco, en su libro Historia de la belleza, cuando de inicio, lejos de aclarar el apropiado sentido del adjetivo y su diferencia con otros, confunde su uso indiscriminadamente para sus propósitos, con bonito, gracioso, agradable, bien, que califican o usamos por igual para valorar una cosa que aunque nos gusta, es de escaso o ningún valor. 

No tengo por qué oponerme a su juicio generalizado en la percepción de sensaciones y de todo tipo de manifestaciones hechas por el ser humano, pero pienso que la calificación de bello tiene la valoración en grado máximo de asuntos ligados a exteriores y a expresiones del alma que producen satisfacción en grado superior; bello es una denominación que se da a cosas, a la naturaleza y a las obras y relaciones de seres humanos que cumplen con cualidades similares o mínimas a las obras de arte.

No es la historia de la belleza en el arte

Él mismo confiesa: En este análisis de las ideas de belleza que se han ido sucediendo a lo largo de los siglos, intentaremos, por tanto, identificar ante todo aquellos casos en que una determinada cultura o una determinada época histórica han reconocido que hay cosas que resultan agradables –este debería ser el título del libro– a la vista, independientemente del deseo que se experimente ante ellos.

Y remata, para que no quede duda: en este caso no partiremos de una idea preconcebida de belleza –es decir la de las bellas artes, de donde proviene la tradición de su uso, digo– sino que iremos examinando las cosas que los seres humanos han considerado bellas a lo largo de los siglos.

En todo caso, esta es una historia de la belleza y no una historia del arte –o de literatura o de música–. O sea que es una historia de la equivocada connotación del adjetivo. Creo –con todo el respeto y la majestad ganados por el genio del maestro–, que es muy difícil y harto complejo hacer una historia sobre qué es lo que en la cultura occidental se considera bello en las distintas épocas y a lo largo de la historia.

No así hubiera podido aproximarse, dada su sabiduría y su pedagogía –a veces complicada– a mostrar cuáles son las expresiones estéticas que mejor expresan la belleza en el arte a través del tiempo en el mundo occidental, para aportar una visión ilustrativa y realmente formativa a las nuevas generaciones.

El concepto de belleza en Umberto Eco

Desde tiempos inmemoriales el ser humano ha buscado la belleza. Desde la Grecia antigua, cuando nace el concepto de estética –Filocalia, después acuñado por el filósofo alemán Alexander Baumgarten en1735–, hasta nuestros días, hemos abierto nuevas sendas que nos ayudan a aproximarnos a una definición de la belleza. Pero esa conceptualización sigue mutando porque simplemente la moda, la apariencia, el poder y la ignorancia de la sociedad desnaturalizaron el concepto de belleza, soporte de la estética.

Es cierto, todo cambia y la belleza varía de cultura en cultura y de una época a otra, pero el concepto para evaluar la calidad de los productos y la creación de los humanos y de la naturaleza, sigue siendo el mismo. No es la moda o los intereses de la industria cinematográfica, musical o tecnológica la que debe dictar la pauta.

Cada quien usa el adjetivo que quiera para evaluar a Bad Bunny y Carol G, magníficos excelentes, sublimes, porque lo dice gente que apenas si sabe de sus pisadas; pero cuando yo suelto un adjetivo que es el primer soporte de la estética, es bello, de alguna forma lo estoy prostituyendo. Simplemente estoy repitiendo el gusto de gente libidinosa que ve una pobre gorda jorobada medio desnuda con lencería sugestiva en Facebook y aprieta el botón de I like y dice está bella.   

Olvidemos el libro, que requiere un examen aparte, y vayamos a las definiciones de su concepto de belleza.

Umberto Eco afirma: lo que funda la belleza es la mirada, nunca el objeto observado. El concepto de belleza depende de la historia del arte. La belleza es todo aquello que nos proporciona placer, sensación de atracción, y que se iguala a la idea de bondad. Para los griegos, la belleza, la bondad y la verdad iban de la mano con la armonía y el orden. Aquí sin duda toma el camino clásico y revaloriza el concepto en su justa dimensión.  

 

El concepto de belleza para Marcel Proust 

Para Proust, la verdadera belleza es tan particular, tan novedosa, que no se le reconoce en tanto belleza o la belleza solo se percibe –o existe en nuestra imaginación– cuando contemplamos de lejos, desde cierta distancia, con los ojos del alma, antes que los exteriores se posen sobre la materia. La belleza está siempre más allá; activa la imaginación, a la que los sentidos sustituyen cuando descubren que la belleza es inaccesible a estos. 

Además, Proust como buen esteta, logró caracterizarla, darle vida, exaltarla. La belleza no simpatiza con esquemas conocidos, no es convencional, ni predecible. Es como un rostro desconocido, un recuerdo de un mundo inexplorado y secreto. Puede ser fea, oscura y trágica. Es particular, pertenece a cada ser. No es una categoría permanente, sino que está ligada la vida y a los cambios. 

La belleza se impone liquidando los patrones que poseemos. No perdura ni permanece. La vida se programa, pero la belleza hace saltar por los aires las pautas que encauzan la vida. Se ha dicho que la belleza es una promesa de felicidad. Inversamente, la posibilidad de placer puede ser una belleza. Proust, en definitiva, es uno de los grandes maestros de la estética.

El concepto de belleza en Jorge Luis Borges

En uno de sus ensayos contenido en Siete noches, el dedicado a la poesía, Jorge Luis Borges nos comenta: La belleza está acechándonos. Si tuviéramos sensibilidad la sentiríamos así en todos los idiomas… La belleza está en todas partes, quizás en cada momento de nuestra vida… Tengo que para mí la belleza es una sensación física, algo que sentimos con todo el cuerpo. No es el resultado de un juicio, no llegas a ella por medio de reglas; sentimos la belleza o no la sentimos, como sentimos a una mujer bella o la belleza de una bahía. 

Pienso, dice Borges en otro ensayo diferente, que hay eternidad en la belleza; y esta, por supuesto, es lo que el poeta inglés Keats tenía en la mente cuando escribió ‘‘Lo bello es gozo para siempre’’. Aceptamos ese verso y lo aceptamos como una especie de verdad, como una fórmula. Alguna vez, comenta el maestro, tengo el coraje y la esperanza de que esto sea verdad. Es decir, que las enseñanzas de las ideas se transmitan sin cronos, como se transmite la filosofía en la India.

De una conversación con un periodista transcribo estas impresiones, cuando se le pregunta acerca de la belleza: Cuando la belleza ocurre ahí está ¿no? Lo que dijo Whistler –la gente discutía en París sobre el arte hablando de la influencia de la herencia, de la tradición, el ambiente y demás– y Wistler dijo con su perezoso estilo ‘‘El arte ocurre’’ y creo que es verdad. Yo diré que la belleza ocurre.

A veces pienso que la belleza no es nada raro. Es algo que está sucediendo todo el tiempo. En una conversación un hombre puede decir algo sutil y no darse cuenta.

 

Amor por la belleza

Tengo en la belleza una de las creaciones secretas del alma que nace de impresiones concebidas por la contemplación y es felizmente recibida por las expectativas de todos los sentidos para convertirse en placer para el espíritu.

Me enamoré de ti, belleza, frente al Partenón, en el crepúsculo de una tarde en que, desolado, lloraba a un gran amor perdido. La conmoción que provocó tu química en mi alma devoró los vestigios de ternura asumidos de mi madre y levantó, no sin sutil eros, delicadas imágenes con todas las piezas de tu geografía y tu misterio que me prodigaron deleites gozosos en el disfrute de imposibles. 

Del vivir y del amor he aprendido que todo lo que se toca se esfuma, se desvitaliza, pierde su fuente para extraviarse, hacerse ficción y olvido y que toda intimidad disuelve, detiene para siempre, en la carne, el amor eterno. 

No sé si fue la evocación de uno de los poemas de Safo, Himno a Afrodita, a quien tanto amamos y recitamos juntos: En trono multicolor, inmortal Afrodita, hija de Zeus tejedora de ardides… Yo te suplico… Ven aquí, como lo hacías antaño… O fueron los misterios que insinúa el nacimiento de la noche lo que dio motivos para prendarme de tu espíritu de Santa María de los hombres solos. 

Hoy sé, desde aquel instante en que te sentí y te hice mía, que sigues aquí, sentada a mí lado, y es tan original el calor y la fragancia de mujer que le transmites a mi ser que me haces absolutamente tuyo y para siempre.

Nuestros momentos estelares como amantes fueron los del Renacimiento. Estuviste secuestrada durante siglos de oscurantismo, ignorancia y miseria. Sería ese tiempo uno, o quizás el más prolífico en la historia de la humanidad, en que el despuntar de la ciencia y la consagración del arte nos hicieron muy felices.

Eras venerada por los artistas y los estetas de la época y yo llegaba al paroxismo del goce espiritual viéndote coronada como reina, expresión de las más majestuosas manifestaciones del arte. Me sentí muy triste cuando imaginé tus coqueteos con Donatello, Da Vinci, Miguel Ángel y Rafael, que te cortejaban, porque fueron quienes con mayor perfección te concibieron.  

El tiempo me ha cedido fortuna para pensarte de miles formas y en todas tú desbordas cualquier pretensión de esteta, para sucumbir frente a una nueva y mil veces más rica dimensión de las dibujadas por los maestros Ficino y Ruskin.

No sé cómo será el final de nuestro oficio de amantes secretos; en mí se han sembrado códigos antiguos y herméticos que me hacen diferente, más allá de la elemental condición humana, por ser uno de tus amantes. 

Los síntomas de este mi amor por ti pueden parecer inquietantes para cualquier mortal. Solamente al sentir tu aproximación, tu impresión deslumbrante me hace experimentar una serena agitación que desborda los límites de mi alma. Me ha acontecido en más de una ocasión en que te siento cerca y en mí se opera un trance que me impide articular oraciones, tal cual el preludio de una pequeña muerte.    

En tu sonrisa descubrí el principio de la alegría; ella nació de ti, de las insinuaciones primeras en la mujer inmortal de Da Vinci y en los surcos de sus labios coralinos hoy traducido en una oda universal que anima la esperanza, los dones y las virtudes. Sin ella, el bienestar espiritual y la felicidad quedarían sin registro, y sin posibilidad de compensación a la gracia de vivir y al descubrimiento constante de los amaneceres y los días.

Tu cuerpo entero se devela febril, trémulo, devorado por íntimos secretos y verdades animadas por el brillo y los palpitares de la sangre. Has habitado en pieles que suspiran y susurran en alcobas y en lujosos lechos de encajes y oro, de seda, lana y algodón, y en rústicos catres, humildes, de modestas telas, donde has forjado otras almas que acunan tu ego, enamoradas de otras edades y otras vidas. 

Me has acompañado desde que vi la luz y conocí la verdad y la piedad en las lecturas del dolor de madre. Has estado conmigo cuando descubrí el poniente, en los puntos cardinales y en las estaciones, en el olor a lluvia, en la mirada de un niño, en el parto de las flores, en los imperceptibles giros de la Tierra, en el trinar inocente de los pájaros, en los matices del arco iris y en los laberintos existenciales de donde, tomado de tu mano, he salido renovado en mi fe después de haber conversado con Dios.

Inocente he visto, junto a ti, al amor germinar en el más sereno de los prados, al pie de la montaña, a orillas del mar, entre las olas, en la vibrante corriente de los ríos, a cielo abierto durante la noche estrellada o enigmática de luna llena, entre las nubes y toda su claroscura variedad, en alta mar y en los hielos del ártico, en el alba y en la penumbra de la paloma, y agitado te he contemplado solitaria, inmaculada y desnuda, deshojar el tiempo y cantar a la creación y a la vida eterna.

Epílogo

Vivimos en un mundo confundido, de incertidumbres, donde todo se desplaza vertiginosamente sin rumbo conocido. Da la impresión de que corriéramos a toda velocidad, en todos los órdenes, a un desfiladero. 

Ha hecho crisis un modelo económico, tecnológico y cultural, que ha depredado la naturaleza y negado a las culturas alternas. Donde el ser humano ha terminado siendo una cosa más que tiene un muy bajo precio en el mercado de las imágenes; la verdad ha sido convertida en mentira, el amor transformado en gimnasia rítmica y la belleza, sobajada continuamente.

Sin embargo, como diría Ana Frank, yo no pienso solo en la miseria, sino en la poca belleza que aún permanece. O tal cual dijo Camus, donde no hay esperanza nos corresponde a nosotros inventarla.

León Sarcos, noviembre 2023